Samanta Schweblin. Continuation of the story 'Pajaros en la boca'
This exercise is part of a writing workshop in Köln:
Esperé largos segundos fuera de su
habitación, adosado a la pared, intentando controlar la respiración. Pensé:
“tengo que salir de acá, necesito aire, tengo que escapar’. Cogí las
llaves, fui al coche y como si éste decidiera mi camino, me encontré de nuevo
en el supermercado. Cogí el chango, pasé por los pasillos, pero el sólo hecho
de estar allí de nuevo, en una rutina que se había convertido en absurda,
comenzó a incomodarme gravemente. Me paré frente a los enlatados pero desistí.
Volví a la sección de mascotas, cogí comida para pájaros sin pensarlo y volví a
dar vueltas por los pasillos. Acabé de nuevo en la sección de mascotas. Volví a
meter el alimento en la góndola. Quise salir de allí de inmediato. Aparqué el
chango vacío y volví al coche. Esta vez intuía lo que tenía que hacer.
Media hora después, estaba frente a la
veterinaria. Entré sin más, y encontré al mismo empleado que me atendió la
última vez. “Verás” –comencé a tartamudear, pero no hacía falta seguir–.”¿Lo
mismo de siempre?” –me preguntó con una familiaridad desconcertante.”¿Cuántos
querés? Hay una oferta especial. Con la compra de una docena, llevas dos
gratis. Es sólo por esta semana.”.Asentí con la cabeza sin salir de mi asombro.
Empacó las cajas cuidadosamente, tardó unos diez minutos y me ayudó a llevarlas
al coche. ‘Espera un momento’, dijo de repente. Le miré volver adentro, pasaron
unos minutos y luego salió con una jaula, una idéntica (de unos setenta,
ochenta centímetros) a la de Sara. ‘La vas a necesitar’. La dejó en el suelo y
se apresuró para entrar sin una palabra más. Me quedé allí plantado,
contemplando la jaula y sopesando si la debía llevar o no. ‘¿Para qué demonios…
.’? Comencé a sentirme mal. Tenía que alejarme lo más pronto posible de ese
sitio. Cogí apresuradamente la jaula y la puse en el asiento del acompañante.
Al llegar a casa, subí directamente a la
habitación de Sara. Venía con una energía inusual. Toqué fuerte la puerta,
esperando escuchar su voz ‘adelante’, pero sólo hubo silencio. Agudice el oído
para escuchar si estaba en el baño. Volví a tocar, esta vez con más urgencia.
Al no haber respuesta, abrí la puerta sin más y me encontré con una habitación
vacía. ‘¿Dónde habrá ido? Si no sale nunca...’ Me acerqué a la ventana, casi
esperando verla en el jardín, pero todo estaba quieto. Di una vuelta y examiné
la habitación. Todo ordenado … pero, momento, ...la jaula no estaba. ‘¿Qué
demonios...?`` Las cajas dobladas estaban allí en su sitio...todo parecía
intacto.. Al salir, se me ocurrió algo y volví a entrar, buscándolo…
efectivamente, el portarretrato también había desaparecido.
Sin cerrar la puerta, bajé las escaleras y
entré en el living. Al verla allí sentada, con la mirada fija en la
ventana o en el jardín, sentí susto más que alivio. Quise gritarle. Me entraron
ganas de sacudirla muy fuerte para que volviera a ser la niña de siempre. ¿Pero
qué niña era ésa...? Intenté controlarme, me acerqué y le dije – ‘¿Dónde
está la jaula y el retrato? No están en tu habitación’. Me miró sonriendo y
dijo, ‘sí papa, efectivamente’. ‘¿Qué significa eso?’, le alcancé a gritar. Me
miró con calma y dijo, ‘te quiero, papi’. Estas palabras, por lo inesperadas,
me sacaron de quicio. No supe cómo reaccionar, ni qué hacer. Me quedé
allí torpemente y luego me acordé de nuevo de las cajas y de la jaula en
el coche. ‘Tu alimentación está en el coche’, casi le grité. Te las encargas,
tú sola’. Sara seguía con la mirada pegada a la ventana, sin decir nada. Se lo
volví a repetir y luego lentamente, sin mirarme, con las manos abrazando las
rodillas, me dijo que ya no las necesitaba. Esta respuesta, lejos de
tranquilizarme, me inquietó. Pensé en llamar a Silvia, en amenazarla para que
viniera hoy mismo a recoger a Sara y llevársela de aquí.
¿Qué significa esto?’, le pregunté, ahora
sentado en el sillón. ‘Perdón, papa’, dijo y se levantó para dirigirse a su
habitación. Fui al coche, saqué las catorce cajas, una por una, cuidando de no
molestar el contenido. Las había apilado en la entrada. Sin querer molestar a
Sara, las llevé todas a mi habitación. Volví a salir, recogí la jaula del
asiento y la puse en la mesita de noche. Miré el reloj. Ya era hora de cenar.
Sin saber muy bien qué es lo que hacía, cogí la primera caja que estaba en la
pila, me acerqué a la jaula y la abrí. Agarré al pájaro negro y asustado, cerré
los ojos y me lo llevé rápido a la boca.
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